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Me suelen preguntar a menudo si siempre quise ser empresario. Tenía total libertad para haberlo sido o no, pero el ejemplo cercano de mi abuelo y de mi padre, al frente de la que es la empresa más antigua de la Región de Murcia, ejercía una influencia directa.
Fue así, creciendo entre sacos de pimentón, como transcurrió mi infancia y como crecí sabiendo cuántas horas de trabajo y cuánto esfuerzo implicaba sacar adelante una firma, desarrollar su proyecto, velar por los puestos de trabajo y generar riqueza.
Como empresario, aunque te venga de cuna, no nace nadie; en todo caso consigues serlo con la única fórmula mágica que conozco: trabajo. No todo el mundo tiene la fortuna de poder disfrutar de un trabajo de forma inmediata. Más bien al contrario, estos últimos años han configurado un mercado laboral muy complicado en el que colectivos como los jóvenes, los mayores de 45 años y los parados de larga duración se las ven y se las desean para formar parte de él.
Sabedor de ese privilegio y con el propósito de continuar y engrandecer el nombre que con tanto esfuerzo habían logrado mis antecesores, asumí las riendas de mi empresa. He procurado en todo este tiempo, más de tres décadas, dar los pasos necesarios para consolidar la marca, hacerla más competitiva y poder llegar así a más mercados.
Lo logrado hasta ahora y el haber alcanzado la sexta generación en la empresa no ha sido un camino de rosas, y seguro que esto lo sabe cualquiera que tenga un negocio y viva su día a día. Ser empresario tiene mucho de aventura y cualquier aventura comporta un riesgo.
El empresario arriesga en cada proyecto que inicia. Por muchas garantías que pueda obtener a priori, hay un margen de error con el que hay que contar. Sabe que en cada uno de esos proyectos también están en juego los puestos de trabajo que ha creado. Tiene muy presente que tras él hay un equipo integrado por personas sobre las que se apoya y a las que afecta las decisiones que tome. Y es tan responsable en el cumplimiento de la legalidad vigente como cómplice en las actuaciones que conllevan un desarrollo sostenible, equilibrado y medido.
Ser empresario no es un capricho. Implica dar un paso que supondrá dedicación casi plena, algún que otro sacrificio o renuncia e inversión continua en innovación y formación. Estar al día es un trabajo en sí mismo.
De la capacidad que tengamos de gestionar ese riesgo, conseguiremos proporcionar seguridad a los demás.
El sector privado comienza a despuntar en la Región de Murcia. Parecen haber quedado atrás los años oscuros y hay evidencias de mejoría. El buen dato del empleo que arrojó la reciente Encuesta de Población Activa es fruto de la mejora en el comportamiento de los distintos grupos de actividad, es decir, de la actividad empresarial. Si la recaudación aumenta es también porque las empresas pueden aportar más. Y, en definitiva, si hay un clima de confianza más favorable a las inversiones, extensible a la sociedad en su conjunto, es porque transmitimos algo más de optimismo de cara al futuro.
El mensaje empresarial es riguroso y está apegado a la realidad; y ésta indica que algo está cambiando para bien. Pero, con el viento a favor o en contra, debemos ser capaces de mantener un rumbo constante que permita salvaguardar nuestra actividad y los puestos de trabajo que genera. Eso es ser empresario.

José Mª Albarracín Gil
Presidente de CROEM

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